sábado, 26 de abril de 2008

Día a día





Querida mía:

Aquí estoy, como cada mañana, dispuesto a contarte el transcurrir de la vida, dispuesto a entregarte mis palabras aún sabiendo que nunca las leerás.
Y es que uno tiene sus costumbres, sus necesidades, y para mí sabes que es demasiado importante escribirte a diario, de ponerme en contacto contigo de una u otra manera. Demasiado importante…
Ayer fue un día normal, sin grandes complicaciones, sin grandes novedades, sólo con los recados rutinarios de la vida. Te di la medicina y tú me dijiste que te llevara al mar, aún a sabiendas que la playa más cercana está a doscientos kilómetros y que hace tres años que no puedo conducir. Desayunamos por orden, primero tú y después yo, y te conté la historia de la princesa que nunca envejecía, esa que tanto te gusta y que siempre parece que sea nueva para tus oídos. ¿Sabes? Mientras te la cuento, en tus ojos perdidos una luz parece que te regrese del regazo de la nada, pero enseguida compruebo que no es así, que todo sigue en su sitio, en su inevitable lugar.
Te lavé con cuidado y te vestí con el dolor del que no puede llorar y el vestido rojo que te regaló María, aquel que gustaba tanto.
Al peinarte me apretaste con tu mano y te juro por Dios que me asusté, me asusté de emoción, de creer que la esperanza tiene el don de acabar y dar señales de un acto inesperado, pero no, no fue así. Debiste tomar mi mano como si fuera un acto reflejo y todo regresó a su calma templada.
Te coloqué frente a la ventana. Afuera los niños jugaban en las calles y el sol de mayo nos observaba mientras dibujaba la vida que de nosotros parece escapar.
Llamó María por teléfono para preguntar cómo estabas, para decirme si necesitábamos algo, pero le dije que no, que todo estaba como siempre.

Arreglé un poco la casa y me vestí. Me senté junto a ti y tú me dijiste papá. Yo acerqué mis labios a tus oídos y susurré tu nombre. Tu reíste como una niña pequeña, como si por fin te hubiera encontrado. Te expliqué las cosas que ocurren en el mundo, y te canté una canción que querías recordar y hasta me puse melancólico explicándote que a pesar de todo somos felices a nuestra manera, a pesar del olvido y de los años, a pesar de todas las heridas que nos cubren y de esa noche que nos persigue lentamente.
Fue entonces cuando te abracé y tú cerraste los ojos. Por un momento pareció que todo lo entendieras.
Ahora te tengo que dejar. Te tengo que levantar. Cada día te quiero más, amor mío.

Un beso.




Con este texto me han otorgado el Primer Premio de Cartas de Amor de Calafell.




Gracias.




A veces es el eco

quien pesa más que la voz.

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